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Entrevista a Andrew Traucki, codirector de Black Water
TRES PERSONAS, UN ÁRBOL Y UN COCODRILO


por Alejandro Yamgotchian (noviembre, 2008)







El joven realizador Andrew Traucki nació en Buenos Aires pero a los cuatro años, y por la situación política que estaba viviendo Argentina, se marchó junto a sus padres a Australia, más precisamente a Sydney, la ciudad donde reside. Entiende algo de español pero el idioma que habla es básicamente el inglés. Su ópera prima Black Water (2007, codirigida junto a David Nerlich) casi se exhibe en el pasado Montevideo Fantástico 2008 pero por un tema de distribución no pudimos dar este film que en realidad es algo más que una típica monster movie (a diferencia de lo que había sido la por momentos interesante Rogue / El territorio de la bestia, de Greg "Wolf Creek" McLean, que contó con un presupuesto mucho más grande y fue estrenada el mismo año).

Black Water se basa en el caso real de tres personas que salieron a divertirse en un lugar destinado a turistas y situado al Norte de Australia, donde supuestamente nunca se habían visto cocodrilos, salvo aquellos que los parques tienen como atracción turística. Pero inesperadamente, en el estrecho y poco profundo río Finness, donde se hacían tours en botes y con guía para pescar, apareció de golpe un cocodrilo gigante de agua salada, que llevó a esas tres personas a vivir una verdadera pesadilla durante casi 48 horas, agarrados de las ramas del árbol de una zona pantanosa, en diciembre de 2003. *


A diferencia de Primitivo (Michael Katleman, 2007), Black Water se la juega por el suspenso, administrando de manera efectiva los nervios y la tensión vivida por tan solo tres personajes centrales y un cocodrilo ensañado con ellos y a centímetros de la acción durante gran parte de esta obra independiente, que se sitúa entre las mejores hechas en los últimos años dentro del subgénero de monstruos marinos.

En las últimas dos décadas se han contabilizado doce muertes, entre residentes locales y turistas, a causa de los cocodrilos de agua salada que habitan al Norte de Australia; allí se encuentra la mayor población de este tipo de reptiles de todo el mundo. Cuentan con una experiencia de 200 millones de años en habilidades de caza y son capaces de nadar a 30 kilómetros por hora bajo el agua, sin hacerse notar. Se caracterizan por vigilar a sus presas y aprender sus hábitos. En el Norte de Australia habitan actualmente unas 200.000 personas. La zona está compuesta de siete grandes ríos con mareas, que a veces traen alguna sorpresa, como cocodrilos de agua salada que se sienten invadidos dentro de lo que consideran su propio territorio. **


Arte7: ¿Has podido hablar con alguno de los sobrevivientes del caso real, antes o durante la filmación de Black Water? ¿Tuviste algún comentario de ellos, luego de que se estrenara el film?

Andrew Traucki: No, no hemos hablado con los sobrevivientes.


A7: Por lo que pude ver hubo otro caso similar, con una ecologista en Kakadú, que al ir a un río sola y en busca de piedras ancestrales de aborígenes fue atrapada por uno de estos gigantescos cocodrilos. ¿Incidió en algo este otro caso real para la película?

AT: Eso también lo tomamos en cuenta. Primero hice una vasta investigación sobre ataques de cocodrilos en el Norte de Australia, y cuando me enteré del que había sufrido esta mujer quedé asombrado, por lo espectacular e increíble que había sido.


A7: Al principio del film se puede leer que los ataques de estos reptiles en esa zona van en aumento. Y la presencia humana también. ¿Esto lo pusiste como una advertencia para la gente o fue un mensaje, digamos, a favor de que los cocodrilos tuvieran sus propios derechos a vivir pacíficamente y sin ser molestados o invadidos?

AT: Es un hecho que si las dos poblaciones van en aumento la posibilidad de encuentros entre animales y seres humanos va a ser inevitable. En realidad el mensaje es más una advertencia para el hombre, para que tenga precaución al momento de ir hacia esa zona, más allá del motivo que pueda tener. La cantidad de cocodrilos de agua salada está creciendo vertiginosamente al Norte de Australia.


A7: A propósito de esto… ¿cómo han reaccionado los residentes de esa zona y en especial las autoridades ante los casos donde algunas personas fueron atacadas y muertas por cocodrilos? ¿Qué responsabilidad tienen los parques turísticos en todo esto?

AT: En realidad el verdadero peligro viene del descuido de las propias personas, por un lado, y de la poca voluntad que pueda haber al momento de intentar reforzar la seguridad, por el otro. La mayoría de los residentes del Norte de Australia sabe que tiene que estar en permanente alerta en algunas zonas de los ríos. Si los turistas no se salen de los límites determinados va a estar todo bien. Pero si alguno quiere un poco más de aventura y deambula por alguna zona peligrosa o prohibida tendrá que tener muchísimo cuidado.

A7: ¿Cuáles fueron tus influencias al momento de hacer Black Water?

AT: Desde una perspectiva amenazante te diría Diabólico, Tiburón, Alien, y las películas de David Lynch.


A7: Una de las grandes virtudes en la obra es que no solo jugás con el terror que se ve sino también con el que no se ve. Incluso con los propios nervios de los actores, que tenían al cocodrilo a centímetros de distancia. ¿Qué clase de terror preferís?

AT: Creo que hay mucho más terror, tensión y miedo en lo que no se puede ver. La imaginación humana es una cosa maravillosa, incluso más potente, poderosa que lo que cualquier director pudiera llegar a inventar. Por eso que opté más bien por ese lado, por darle al espectador las herramientas necesarias como para que su imaginación fuera creando la película en su propia mente. Para mí la verdadera amenaza de Black Water no es el cocodrilo sino en saber dónde diablos está.


A7: ¿Y qué hay de los reptiles en sí? ¿Cómo reaccionaron tus actores al estar tan cerca de los animales?

AT: Rodamos muy cerca de enormes cocodrilos. Tuvimos la suerte de poder estar del otro lado del cerco, mientras filmábamos. Estos animales son de los depredadores más letales e impredecibles que pueda haber. Confieso que por un lado estaba orgulloso de poder hacer esto pero por otro pasé bastante miedo. No salía del asombro por estar en ese lugar para filmar.


A7: Supe que una de tus cámaras fue mordida por uno de los cocodrilos y que otro te entró a perseguir y que te salvaste casi de milagro. Estamos realmente ante una película independiente, ¿no?

AT: Así es. Y no tengas dudas de que ésta es una película de muy bajo presupuesto. Aunque no lo creas, pudimos recuperar la cámara que el cocodrilo quiso tragarse y casi en condiciones normales. Es más, esa parte está metida en la película. Si se hubiera tragado la cámara, nos habríamos pasado del presupuesto…


A7: ¿Cómo es hacer cine independiente en Australia? ¿Tuvieron algún tipo de apoyo para la película?

AT: Pienso que hacer cine independiente es muy difícil, en Australia y en cualquier parte del mundo. A pesar de que tuvimos algún soporte gubernamental, hay tanta gente acá que quiere hacer películas que el dinero del Estado no da para cubrir tanto. Por eso te digo que es difícil.


A7: ¿Cuáles son tus próximos proyectos? ¿Pensás seguir dentro del género?

AT: Tengo en vista algunos thrillers, más bien de suspenso y anticipación.


A7: ¿Qué pensás del resurgimiento del nuevo cine de terror que se apoya en la violencia gráfica extrema y en el shock?

AT: No sé en realidad adónde piensan llegar los que se dedican a este tipo de películas, porque el subgénero no tiene mucho que ofrecer y por tanto se agota rápidamente. Esto no es lo mío, pero mientras haya personas dispuestas a consumirlo va a seguir existiendo.


A7: ¿Has sido contactado por algún estudio norteamericano, luego de Black Water, o por alguien dispuesto a ofrecerte a dirigir una película con un buen presupuesto?

AT: He tenido varias charlas con representantes norteamericanos. Pero ofertas concretas… ninguna.


A7: ¿Te gustaría trabajar en Hollywood o preferís mantenerte en una línea independiente?

AT: Sí, claro que me gustaría trabajar en Hollywood pero tendría que ser algo donde yo me sienta bien, en un proyecto que fuera el indicado para mí.


A7: Fuiste extra de la ópera prima de Jane Campion, Sweetie. ¿Pudiste hablar con ella alguna vez?

AT: Sí, conozco a Jane, pero nada más que eso.

SI AÚN NO VISTE LA PELÍCULA, TE ACONSEJAMOS QUE NO LEAS LO QUE SIGUE


* EL CASO REAL DEL RÍO FINNESS




Una de las historias verídicas en que se basa principalmente esta película sucedió con tres jóvenes amigos que fueron de vacaciones a una zona donde uno de ellos acostumbraba a ir con sus padres desde los 5 años a acampar y donde jamás se había visto un cocodrilo.

El destino quiso que en esa ocasión sí apareciera uno, en un río de escasa profundidad y por donde se hacían tours en botes y con guía para que la gente pudiera pescar. De todas maneras y por precaución, en algunas zonas siempre hay letreros con la advertencia "Prohibido nadar" o "Prohibido acampar cerca de los ríos". El jefe del operativo que salió en busca de ellos no se cansaba de decir que estos jóvenes simplemente "tuvieron mala suerte".

A medida que se navega por el río Finness los espacios verdes al aire libre dejan paso a zonas más pantanosas, oscuras, con eucaliptus, palmeras, nidos de termitas y enormes árboles. En los momentos previos al ataque del cocodrilo, el agua del río había subido un poco, generándose una fuerte corriente, lo que llevó a estos jóvenes a buscar un área más despejada y segura, mientras iban caminando por el agua buscando un lugar para instalarse.

Repentinamente dos de ellos se dieron vuelta y vieron que su amigo ya no estaba. Pensando en un posible ataque de cocodrilo, corrieron hacia un árbol cercano a la orilla. A los pocos minutos pudieron ver a su compañero, ya muerto, y un cocodrilo "grande, negro y agresivo, de cuatro metros de largo" que lo tenía en sus fauces, agarrado del hombro. Luego el reptil se sumergió con su víctima y desapareció, lo que llevó a esos dos amigos a no moverse de las ramas del árbol donde estaban.

El animal parecía ensañado con los dos jóvenes, ya que cada tanto venía a "visitarlos", para luego sumergirse y desaparecer. El temor y los nervios de uno de ellos lo llevaron a que intentara subirse a una rama un poco más alta, pero resbaló y cayó, aunque rápidamente volvió a treparse y nada malo ocurrió.

Ambos tuvieron que pasar la noche, con viento, frío, lluvia y, por supuesto, sin dormir. Al otro día, familiares y amigos salieron a buscarlos, y encontraron un auto abandonado. Finalmente la marina pudo dar con la posición de ellos aunque no sabían exactamente de donde venían los gritos. Los dos jóvenes, casi en estado de hipotermia, llegaron a escuchar la advertencia de que no trataran de alcanzar su embarcación en el agua (que estaba a pocos metros), ya que corrían riesgo de ser golpeados y tirados al río por el cocodrilo. El agua apenas tenía poco más de un metro de profundidad pero en ese momento el mismo se había desbordado por las intensas lluvias y el animal hasta podía subir al bote para matarlos.

Dada la extrema peligrosidad de la zona, y donde el cocodrilo no se hacía ver, se pensó en ir en helicóptero a rescatarlos, pero las hélices podrían complicar aún más las cosas, debido a que las ramas podían quebrarse y hacer caer a los aterrados jóvenes. Al final fueron rescatados al otro día, a las tres de la tarde, y de inmediato trasladados a un hospital, donde se comprobó que estaban en buenas condiciones físicas pero totalmente shockeados por la muerte de su amigo, que trabajaba como mecánico.


Durante cuatro días buscaron al cocodrilo pero no hallaron rastros, salvo uno al que mataron pero que no era el que había atacado al joven. La aparición de un ciclón aumentó dos metros más la profundidad del río y eso llevó a que se hiciera aún más difícil la tarea de encontrar el cuerpo del fallecido o al menos alguna de sus prendas.

La hermana de uno de los supervivientes estaba tan desesperada que ansiaba tener al cocodrilo responsable de todo este asunto como cartera. La zona donde había aparecido repentinamente el animal y donde no estaba permitida la caza de cocodrilos, ahora se la autorizó a ser zona de caza pero con mesura, controladamente, desde que la población de reptiles aumentó considerablemente.

Al día de hoy 70.000 cocodrilos están viviendo en el Norte de Australia. En los ´70 la caza había reducido el número a solo 3.000. Igual siguen siendo especie protegida y son usados en lugares turísticos, donde se los puede apreciar pero desde un barco (por lo general nunca atacan algo que sea más grande que ellos) y a una distancia prudencial, dentro de su entorno salvaje.

Un cocodrilo al que llamaban "Sweetheart" se hizo famoso por morder botes e intentar subir a ellos. Se convirtió en leyenda y su esqueleto se exhibe en el museo de Darwin. Hubo cuatro muertes más después de la del joven mecánico; dos de ellas por gente nadando en un lugar supuestamente seguro, y una niña de ocho años que estaba parada en la orilla del río y que de golpe desapareció. De todas maneras el turismo sigue viento en popa en esa zona de Australia, donde el mayor atractivo pasa por hacerlos impulsar desde el agua para darles carne desde las embarcaciones. Algunos prefieren sacar fotos y cuando se sumergen los aplauden; todo supervisado cuidadosamente por un guía.

Uno de los dos sobrevivientes de este caso real se dedica a limpiar piscinas, aunque antes les advierte a sus clientes que saquen cualquier juguete que tenga que ver con un cocodrilo en la pileta. El otro quedó con serios problemas psicológicos, que le repercuten hasta el día de hoy.




** EL CASO REAL DE VAL PLUMWOOD


En 1985 la ecologista y filósofa Val Plumwood sobrevivió al súbito ataque de un cocodrilo, mientras iba en una canoa y por un río cercano al Parque Nacional Kakadú, también al Norte de Australia y por una zona donde supuestamente los cocodrilos de agua salada no aparecían desde hacía años. Su misión: la búsqueda de piedras artísticas hechas por aborígenes y muy difíciles de encontrar.

En un momento sintió como que algo muy grande se estaba moviendo alrededor de ella y ahí fue cuando decidió volver. Cuando con asombro comprobó que la supuesta roca que estaba viendo, y que no había visto cuando ya había pasado por ahí, era en realidad la cabeza de un cocodrilo que inmediatamente desapareció, no tuvo tiempo siquiera de reaccionar. El reptil golpeó y dio vuelta la canoa. Desesperada en el agua, Plumwood salió nadando hacia un árbol que estaba en la orilla y llegó a tiempo, mientras el reptil se las agarraba con un pedazo de madera de la canoa. "Nunca voy a olvidar la manera en que se quedó mirándome; fueron varios segundos; después se hundió y desapareció."


Cuando quiso saltar hacia otra rama más segura, el cocodrilo se impulsó de golpe con su cola desde el agua, le mordió las piernas y la jaló hacia el agua, donde empezó a dar vueltas para arrancárselas. El cocodrilo de agua salada se caracteriza por desmembrar partes de sus víctimas e ir guardándolas en un lugar secreto, para luego comérselas; no devora enteramente y de primera a la víctima.

Mientras el animal intentaba ahogarla para luego obtener su "recompensa", Plumwood logró sacar la cabeza y gritó desesperada pero el cocodrilo no la soltaba, cuando en un instante ella logró agarrarse de una rama y por la fuerza que le hizo al animal, éste finalmente desistió y se marchó. El resultado: varios dientes que quedaron marcados en ambas de sus piernas, con la izquierda prácticamente desgarrada.

Cuando todo parecía haber vuelto a la normalidad el animal vuelve a impulsarse y la jala desde el árbol y de vuelta hacia el agua, haciéndole daño nuevamente en sus piernas y también en la pelvis. Pero enseguida la soltó.

"Ahí pude ir hacia la orilla, caminando como pude y durante dos horas, con un dolor insoportable, bajo lluvia y a los gritos, tratando de llegar a la estación central. Al final alguien me escuchó y vino por mi ayuda. Después tuve que soportar trece horas más de dolor, para llegar al hospital Darwin. Me dijeron que era muy difícil que pudiera recuperar mi pierna, aunque al final los médicos lograron reconstruirla. La experiencia me ayudó a valorar aún más la vida y a no desperdiciarla.", comentaba Plumwood.

"Antes escribía sobre el valor que debemos darle a la naturaleza, pero desde el ataque del cocodrilo sólo escribo sobre el poder que ella tiene y sobre esas ilusiones que tenemos de que la podemos controlar; los humanos no somos nada especial; tan solo una parte de ella, como los propios animales que la habitan. Todavía nos entendemos como seres ecológicos que forman parte de una cadena natural de alimentación. Aún estamos peleando contra ese conocimiento. Durante un momento fui parte de un mundo paralelo donde sólo era un pedazo de carne y en el que no contaba para nada. Tenemos que respetar todas las formas de vida. Si bien el reptil se apiadó de mí, por cansancio, no creo que nosotros hagamos lo mismo cuando estamos frente a un animal al que solo vemos como comida."

Cuando se enteró de que iban a ir en busca del cocodrilo para matarlo, ella se negó rotundamente a que lo hicieran. "Yo fui la intrusa. Yo fui la que invadí su territorio. Esto no es una cuestión de venganza".

El 28 de febrero de este año falleció por causas naturales y no como consecuencia de la mordedura de una serpiente o la picazón de una araña, como se pensó en principio. Tenía 68 años.

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