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A propósito de Soy leyenda
CUANDO CAE LA OSCURIDAD

por Alejandro Yamgotchian (enero, 2008)



Si bien algunas veces una sinopsis nada tiene que ver con el resultado final de una película, acá habían demasiados indicadores para darse cuenta de que esta tercera adaptación de la clásica novela de Richard Matheson escrita en 1954 no iba a llegar a buen puerto. Empezando por la fuente de origen, que señala en los créditos a la obra literaria pero también a la película con Charlton Heston (La última esperanza, cuyo título en videos uruguayos era El Hombre Omega); lamentablemente, los guionistas de Soy leyenda (2007) optaron por el esquema de la película que Boris Sagal había dirigido en 1971.


UNA NOVELA DE CULTO


Richard Matheson ha contribuido con grandes obras, tanto para la literatura como con sus guiones para cine y televisión. Jack Arnold adaptó quizá una de sus mejores novelas (El hombre menguante, 1956) en El increíble hombre menguante (1957), Roger Corman lo tuvo como guionista para varias adaptaciones de cuentos de Poe (originales por un lado pero bastante alejados del espíritu del legendario escritor por otro), Rod Serling fue testigo de numerosos trabajos suyos como libretista en varios de los capítulos de Dimensión Desconocida y en Galería Nocturna, Steven Spielberg también lo tuvo como guionista en base a una historia corta del propio Matheson en Reto a muerte (1971; un auténtico puntal en la carrera del director de Tiburón) y ni qué hablar del recientemente fallecido realizador Dan Curtis con quien trabajó aportando para la pantalla chica las recordadas Trilogía de terror (1975; en la archifamosa historia "Prey", la del muñeco viviente asesino) y En el profundo silencio de la noche (1977). Matheson también fue llevado al cine, dentro del género, por realizadores como David Koepp en Ecos mortales (1998), una más que aceptable adaptación de El último escalón, la novela de fantasmas que había escrito en 1958, y por el británico John Hough en La leyenda de la casa de las sombras (1973), una de las mejores películas de mansiones embrujadas que se hayan hecho (también puntapié inicial para reflotar el tema en la década del ´70, con otros destacados clásicos dentro del subgénero) y que se basaba en La casa infernal, escrita en 1971.

En Soy leyenda hay un virus capaz de transformar a las personas en algo con síntomas muy similares a los de un vampiro, y el protagonista es el único ser con sangre inmune que no ha padecido los efectos del mal y por ende el único sobreviviente del planeta, a partir de una tragedia que se da en un futuro cercano (1975). Permanece atrincherado en su casa durante la noche, con un generador que le permite conservar algunos alimentos frescos y tener electricidad, mientras que durante el día sale a recorrer las calles matando con estacas a gente afectada que si la deja viva corre el riesgo de que lo visiten durante la noche...

Hay un momento muy gracioso donde este sobreviviente que trata de buscar por todos los medios la causa del mal opina sobre el tema de los vampiros, especialmente en relación con la novela Drácula de Bram Stoker. Su total escepticismo e ironía hacia el texto del escritor irlandés (también llegó a disparar en un momento del libro contra los mecanismos de la industria hollywoodense), así como también hacia el concepto en sí de los vampiros en la ficción, chocan frontalmente con la situación que le toca vivir.

A partir de situaciones como ésas Matheson va trazando la degradación anímica de su personaje, cuyas únicas compañías son la bebida y la música clásica. Esos cables a tierra le permiten al personaje manejar distintas hipótesis que lo llevan a repensar los hechos siempre con una base empírica, a trazar paralelismos incluso con mitos históricos que derivan en la propia defensa de los perseguidos o condenados, en este caso los supuestos vampiros.

La culpa, entonces, pasa al propio ser humano a través de un tema que era moneda corriente en la década del ´50: los bombardeos con armas nucleares y la guerra bacteriológica. Por otro lado, el personaje reflexionaba sobre la unión familiar, por eso de que aquellos que querían darles un entierro digno a las víctimas (en lugar de tirarlas a un pozo donde las prendían fuego para evitar el contagio) eran asesinados a balazos por la guardia militar. Por si fuera poco la prensa se encargaba de sembrar el pánico con la plaga de vampiros que se iba adueñando del planeta, solo con el fin de vender más diarios. Y eso también incluía a los científicos y sus artículos en revistas. Pero la nostalgia del pasado, los recuerdos, eran un síntoma de debilidad que no se podía permitir como hombre común y sensible.

Gran parte de la novela pasa por los pensamientos de su protagonista, más que por los hechos en sí, que luego dan un giro impensado, tanto para el lector como para el propio personaje, ya que este último se va convirtiendo en parte de lo que critica. Si bien matar afectados durante el día no era un deporte o una recreación para él, y que incluso llegó a reconocer que era un simple mortal y no un "animal destructor", la inestabilidad psicológica (especialmente la ansiedad y el sentirse superior) a veces no lo dejaba ver las cosas con más claridad, mucho antes que pudiera asumir su desconcertante soledad, algo muy obvio, por cierto, dado el impacto de la situación que le toca vivir y teniendo en cuenta ese estudio de personaje que Matheson hace permanentemente a lo largo de su novela.


EL ÚLTIMO HOMBRE EN LA TIERRA


Vincent Price en Seres de las sombras





La primera versión que tuvo este libro de culto fue una coproducción ítalo-americana dirigida por Sidney Salkow en 1964 (y Ubaldo Ragona) en una de sus últimas películas antes de retirarse del cine un año después. Seres de las sombras tuvo como proyecto previo uno propuesto por la Hammer pero los censores lo consideraron "muy sangriento". Seres... no solo es el más fiel a la novela de Matheson (quien participó en el libreto pero bajo el seudónimo de Logan Swanson, luego de algunas reescrituras que le exigieron) sino también la mejor de las tres adaptaciones que hubo.

Aquí era Vincent Price quien tenía que defenderse de los vampiro-zombies, que buscaban desesperadamente su sangre, inmune a ese virus potente y altamente peligroso, para alimentarse. La furia y la impotencia eran el punto débil destructor para el protagonista, que debía sí o sí apelar a la calma y el sentido común para enfrentar la devastadora situación. La propia voz en off de Price iba construyendo el perfil de su personaje al espectador, diciéndole lo que pasaba por su cabeza, sin abrumarlo. Unos notables planos generales de la ciudad destruida y con los cadáveres desparramados durante los primeros segundos del film alcanzaban para dar idea de la terrible desolación que había, con una llamativa partitura musical, un buen ojo para la fotografía, aunque con un montaje algo desprolijo, hay que reconocerlo.

Si bien la película no se la juega tanto a un tour de force de Vincent Price (el personaje de Robert Neville en el libro asomaba mucho más depresivo y con tendencias suicidas), los amplios pasajes donde su personaje recuerda emotivamente a sus familiares están muy bien desarrollados, quizás no tan oscuramente sugestivos como en el libro ("¿Cuánto tarda en morir el pasado?", se preguntaba cerca del final de la novela), por qué no anunciando ese final esperanzador, a pesar de algunos momentos escabrosos (en un momento un oficial comenta que no era la hija del protagonista a la que estaba arrojando al pozo de fuego sino a su propia hija afectada).


OMEGA X 2


Charlton Heston en La última esperanza




Seres de las sombras
era una película clase B, que distribuyó la AIP, pero Warner decidió apostar a un producto clase A, con Charlton Heston en el protagónico y el experimentado Boris Sagal en la dirección. Cuando Matheson vio La última esperanza concluyó que su personaje en la novela y el interpretado por Heston eran "dos animales distintos". Sería bueno saber qué opinó sobre el interpretado por Will Smith; quizás lo haya terminado comparando con un monstruo de dos cabezas.

La actuación de Heston es en realidad el único pilar de una película cuyo libreto resulta bastante trivial en su desarrollo y no agrega más que modificaciones que poco tienen que ver con la esencia de la novela original. Una vacuna experimental, y no una supuesta mordida de un murciélago infectado por un vampiro, es la causa de inmunidad del protagonista, mientras que los afectados por el virus que invaden su hogar se agrupan como "La Familia" y son guiados por un líder (en el libro e incluso en la película de 1964 parecían más bien como desorganizados y no tan astutos).

En un tono más de aventura profética, de superproducción algo ambiciosa, la película igual tuvo más repercusión y difusión que la protagonizada por Price, claro. Ahora, ¿era necesaria todavía otra versión más de la Warner? Aparentemente sí. Y ya se venía buscando desde hacía algunos años, con la idea fija de tener a Ridley Scott en la dirección y a Schwarzenegger en el rol principal.

A pesar de que se intentó reducir por todos lados el gran presupuesto, la cifra final utilizada para Soy leyenda fue de 150 millones de dólares, con Francis "Constantine" Lawrence en la dirección y un siempre efectivo Will Smith en el papel principal. Si La última esperanza no le era tan fiel a la novela, acá el guión de Akiva Goldsman y Mark Protosevich se sale de órbita, si se tiene en cuenta la obra de Matheson.

La historia es un momento, una guerra lujosamente producida y maquillada, con hordas de afectados aceleradísimos y que arrasan con todo, con un tono torpe, atropellado y melodramático para trabajar lo que pasa en el interior del superviviente, y una soledad urbana en donde constantemente siempre tiene que estar pasando algo, con mucho golpe sonoro mediante, como si en una producción industrial fuera muy riesgoso el hecho que transcurran veinte minutos sin acción o violencia alguna. A propósito de esto último habría que preguntarse si tanto director como guionistas llegaron a ver La tierra quieta (1985), dirigida por el neocelandés Geoff Murphy y donde el protagonista termina prácticamente enloquecido ante un panorama casi similar. Por si fuera poco, la delicadeza con que Matheson planteaba el acercamiento del famoso perro que aparece como una luz de esperanza y de alivio en medio de la desesperación de Robert Neville, acá ya hacen arrancar al animal de pique, formándose un dúo al mejor estilo de aquellas comedias de los ´80.

Lo del final, algunas ocurrencias como convertir a Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, 2001) en una película de culto, los carteles publicitarios que aparecen con cierta ironía en la calle, la música de Bob Marley...; todo quedará en la subjetividad de quien la mire. Lo que no se puede aceptar es que se haga una versión para pasar el rato, o con luces y colores, a partir de una novela como ésta, que no es ninguna maravilla pero que merecía un tratamiento mucho más digno y serio que lo que esta última versión para pantalla grande finalmente mostró.


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