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Nueva versión de un clásico de la ciencia ficción
LOS INVASORES Y SUS NUEVOS PARADIGMAS

por Alejandro Yamgotchian (octubre, 2007)



Por cuarta vez, la famosa obra escrita a comienzos de los ´50 por el norteamericano Jack Finney (La invasión de los usurpadores de cuerpos) es llevada a la pantalla grande. En Invasores (2007) del alemán Oliver Hirschbiegel (director de la algo sobrevalorada La caída) hay una epidemia proveniente del espacio exterior que se apodera directamente del cuerpo y la voluntad de los seres humanos.

La notoriedad de la novela en que se basa, que en realidad se dio a conocer cuando fue publicada a lo largo de tres números en la revista Colliers, vino en la primera adaptación para cine, Muertos vivientes, dirigida por Don Siegel en 1956. Philip Kaufman haría la segunda (Los usurpadores de cuerpos, 1978), y Abel Ferrara la tercera (Secuestradores de cuerpos, 1993).


ROJO DE LEJOS




Jack Finney





El momento en que Jack Finney dio a conocer su obra no era el mejor para Colliers, una publicación de gran tiraje, a esa altura bimensual, que llegaría a su fin tres años después y que no solo se dedicaba a ilustrar diversas noticias del acontecer mundial y a editar cuentos de ficción, por ejemplo, sino que a lo largo de su historia, desde fines del siglo XIX, ofició de firme instrumento para el periodismo de investigación, siendo objeto de denuncias por parte de poderosas compañías a las que criticaba, y que contó con colaboradores de la talla de Jack London, Sinclair Lewis, Ernest Hemingway y hasta Winston Churchill.

Jack Finney había dicho que su novela nada tenía que ver con un mensaje anticomunista que corriera de fondo; que no la había pensado de ese modo. Lo cierto es que en el momento en que salieron los tres números de Colliers, el senador McCarthy estaba en plena actividad con la "caza de brujas" del Comité de Actividades Antinorteamericanas, mientras el cine de ciencia ficción comenzaba a hacer gala del "enemigo rojo".

Otro hecho llamativo es que la película que dos años más tarde haría Don Siegel tampoco hacía referencia a Marte pero sí a una invasión alienígena que pretendía controlar al ser humano para poder reproducirse y de hecho sobrevivir, sin necesidad de matar a nadie. El resultado de ese dominio llevaba, sí, a que todas las personas afectadas actuaran de la misma manera, fríamente y sin mostrar emoción alguna, y eso era algo bastante digno como para no generar desconfianza dentro del contexto político en que la obra se había filmado.

Sin embargo, resulta algo ambiguo establecer una postura definitiva dentro de ambas obras; por un lado el guionista Geoffrey Homes (que figuraba con el seudónimo "Daniel Mainwaring") estaba en las tristemente famosas listas negras de Hollywood, y por otro el ataque extraterrestre podía leerse como una señal más bien en contra del totalitarismo en sí, donde hasta las conversaciones telefónicas estaban intervenidas y las huellas digitales de las víctimas desaparecían; todo rasgo particular de identidad pasaba a formar parte del invasor, incluso el ADN.


Que lo imposible se viera como algo real era todo un desafío para los personajes de Finney, gente común y con vidas rutinarias, habitantes de un pequeño pueblo donde la histeria masiva y la autosugestión los llevaba a pensar en un asesino serial al principio, y más tarde, cuando la cosa tomó dimensiones mayores, en un fenómeno sobrenatural.

Durante un momento en el libro hay una interesante charla entre el doctor en Medicina protagonista y su amigo psiquiatra. Este último sostiene que el verdadero temor radica en aquello que es desconocido y se intensifica aún más cuando se hace realidad, en esos hechos extraños que escapan al conocimiento humano y que luego llevan al hombre a replantearse todo aquello que prácticamente se daba por descontado e inamovible. Pero a pesar de su teoría, el profesional seguía negando en los hechos una invasión del espacio exterior, en lo que finalmente ocurre dentro de ese pequeño pueblo llamado Santa Mira.

Dana Wynter y Kevin McCarthy corren por sus vidas
Las cosas se ponen feísimas en Los usurpadores de cuerpos
Invasores: arreglátelas como puedas

Los hechos obviamente no le daban la razón, por más que nunca se supo de qué lugar específico del espacio vino ese ataque ni tampoco cómo empezó. Paralelamente, los medios de comunicación que eran consultados por los perseguidos siempre daban noticias vinculadas a corrupción, asesinatos y violencia. Y eso era cuestionado por los personajes de la novela, en el sentido de cómo noticias tan macabras y sensacionalistas eran vistas como algo normal, típico de cada día (conviene aquí no olvidar el pasado de Finney como publicista...).

Si uno se pone a pensar en los pocos casos en cine donde el enemigo desconocido venía a nuestro planeta, no para invadir sino para alertar al hombre de que parara con la destrucción de su hábitat (el ejemplo más claro puede estar en El día que paralizaron la Tierra del ya fallecido Robert Wise), puede perfectamente haber una causa detrás de esta invasión en la novela de Finney, más cuando a partir del ataque toda maldad, excitación y ambición desaparece, y especialmente cuando alguien critica al doctor protagonista por varias especies de animales en extinción, debido a la brutal expansión del hombre en el planeta.

La obra de Finney admite varias interpretaciones, por cierto. Y ese fue uno de los puntos más atractivos seguramente para el alemán Oliver Hirschbiegel al momento de hacer Invasores, que lamentablemente tuvo algunos problemas con el famoso corte final; hubo que poner otro director (el de V de venganza, James McTeigue) y nuevos guionistas entre 2006 y 2007 (nada menos que los hermanos Wachowski, acá haciendo los mandados), lo que llevó a Hirschbiegel a no tener en su película (terminada hace más de un año) el final que él quería. Ese hecho, sin embargo, no afectó tanto el resultado global.

El final de la novela también puede sorprender a más de uno, en el sentido de que Finney pone en boca de su personaje principal un pequeño discurso donde la raza humana debería ser algo así como imbatible, por encima del daño que haya causado al planeta donde reside y a sus propios congéneres. Quizás una amenaza tan peligrosa y devastadora pudo justificar un enaltecimiento de esas características, bastante a tono por cierto con el patriotismo Republicano sobre el que Finney curiosamente ironiza en un momento de su obra cuando confía en que la ayuda del gobierno va a llegar al pequeño pueblo invadido, dado que allí y en las últimas Elecciones habían ganado justamente los Republicanos.

SIN SALIRSE DE LA VAINA

A diferencia del doctor algo tímido, curioso y un poco bebedor de la novela, el protagonista de Muertos vivientes, Kevin McCarthy, es un hombre más abierto, algo mujeriego, aunque reconocedor de que su tarea como médico lo absorbía a tal punto que no podía mantener relación estable con ninguna mujer. Aquí el hombre debía enfrentar a ese enemigo que lo invitaba a dormir para que el invasor finalmente pudiera completar la clonación, alegando que iba a seguir siendo la misma persona. Lo que no decían era que ellos iban a controlar a los humanos, que se iban a adaptar a cualquier forma de vida en la Tierra, con tal de subsistir, y que absorbían, tomando a distancia, la mente y la memoria; el cuerpo y el alma de las personas.


La película dirigida por Don Siegel llevó tan solo tres semanas de filmación, un presupuesto muy bajo, y dejó a Finney por demás conforme; también a Sam Peckinpah, confeso admirador de Siegel y con una pequeña aparición en la película. Una vez, eso sí, el fantasma de cómo terminaba el film apareció, y a pesar que la adaptación terminó convirtiéndose en todo un referente de la ciencia ficción cinematográfica, los estudios no quedaron convencidos con el final y lo cambiaron, buscando y que a la vez hiciera justicia con el protagonista.

En Muertos vivientes la histeria colectiva de Santa Mira era atribuida a la preocupación de las personas por lo que pasaba en el mundo, y la invasión a los efectos de la radiación atómica, algo quizás un poco más cercano a lo que venía siendo la "Guerra Fría" y el tan perseguido, odiado y siempre temido "enemigo rojo".

Fría como el hielo
Donald Sutherland y uno de los mejores momentos en la película de Kaufman
Los invasores tras Nicole Kidman

Pero cuando todo iba quedando más claro y los protagonistas pensaban el por qué del ataque, alguien comenta que el ser humano sano ya es un peligro en sí mismo... Por supuesto que la oferta de vivir en un mundo sin problemas, donde las emociones no hacían falta y la vida iba a ser mucho más sencilla, tampoco convencía al dúo protagónico de McCarthy y Dana Wynter, al que ya no le iba quedando lugar seguro hacia donde escapar.


La versión de Siegel sigue siendo la mejor y la más fiel respecto al libro de Finney, y se ha dicho que Sam Peckinpah llegó a hacer algunas modificaciones (para bien) al guión, algo que en su momento había irritado a Geoffrey Homes, que amenazó con hacer una queja oficial al Sindicato de Guionistas.

Las interpretaciones aquí también se hacen múltiples y muy curiosas, ya que el doctor (cuyo actor tiene el mismo apellido que el senador McCarthy) tampoco puede confiar en nadie y debe valerse por sí solo para sobrevivir, en un contexto donde la ayuda no aparece por ningún lado y en el que debe luchar (sin dormirse) para no perder su identidad.


OTRAS MIRADAS


El libro de Finney recién volvería a ser tomado en Invasores, ya que tanto la película de Philip Kaufman como la de Ferrara apostaron más bien a ser remakes de la de Siegel y no tanto fieles adaptaciones de la novela. En el caso de Los usurpadores de cuerpos el ataque tenía un toque típico de terror de los ´70 (la mejor década para el género en Estados Unidos), con mucha más tensión, escenas nocturnas y atmósferas reforzadas gracias a la notable fotografía de Michael Chapman. Ni qué hablar de ese final inesperado, sorprendente, que incluso ha llevado a algunos a decir que esta película ha sido superior a la original. Claro; el film se había estrenado pocos años después del escándalo "Watergate", que terminó con la renuncia de Nixon a la Presidencia de Estados Unidos. Y eso, sumado a las heridas que todavía no habían cicatrizado por la guerra de Vietnam, era el marco perfecto para nuevos miedos dentro de la película.

Un caso no tan lúcido, salvo por los atemorizantes gritos con los que se comunicaban los invasores, fue Secuestradores de cuerpos; quizás el film más flojo en la carrera de Abel Ferrara, un independiente que ahora estaba bajo la lupa de la Warner y que llevaba la pesadilla a una base militar en Alabama, dos años después de la Guerra del Golfo y fundamentalmente en el mismo año del primer atentado a las Torres Gemelas (1993).

La Warner misma volvería a impulsar una nueva remake, ahora con Nicole Kidman como una psiquiatra de Washington que lucha por proteger a su hijo de una epidemia, que al principio se pensaba era un extraña gripe. Aquí las críticas se adaptan a los tiempos que corren aunque se ven superadas por el matiz de aventura y suspenso que lleva la película en sí, gentileza de una enérgica y por lo general buena interpretación de Kidman, que a veces sobreactúa.

El juego de apariencias más las miradas frías y vacías vuelven al tapete pero a partir de un virus que se expande por contagio a causa de un accidente espacial (la nave se llamaba "Patriot") y que aprovecha el sueño de sus víctimas para terminar con su objetivo, que es apoderarse del ser humano en que se incuba y siempre manteniendo el orden. Pero muy probablemente ese no "dormirse" ni mostrar emoción alguna puede aplicarse más que nunca al profesionalismo competitivo de hoy día; esta nueva versión tampoco pudo escapar a algunas críticas que la acusaban de ser una película "liberal".

La obra está casi terminada
Si te gritan... ¡a correr!
Algo huele mal en la casa

Si bien hay un poco más de luminosidad en las escenas, el nervio igual se mantiene y logra fluir a lo largo de un relato que trata de ser algo realista en cuanto a los hechos que se dan, siempre fieles a la óptica que Finney por momentos transmitía en su novela; el ser humano no sería tal si en su mundo no hubiesen crisis, guerras ni violencia.

Aquí los paradigmas se extienden principalmente a la guerra en Irak, y a otros terrenos muy sutiles (la nave se despedaza sobre Washington, el centro de poder) donde hay que estar atentos, leyendo la letra chica que frecuentemente desfila por los noticieros en la película. La invasión logra nada menos que restaurar la paz en el mundo, siempre y cuando no encuentre oposición alguna del hombre en su estado natural.

"Esta es una película de suspenso que se despliega en un mundo contemporáneo reconocible", decía el productor Joel Silver. "Sucede en una era de desbordante paranoia política, social y ambiental. A nosotros nos pareció que este era el momento exacto para realizar el film".

El resultado visualmente es muy atractivo (desde el propio diseño del afiche hasta el trabajo de cámara, pasando por la banda sonora de John Ottman), y como película de suspenso en sí también, pero la búsqueda del hijo por parte de la psiquiatra a veces deja de lado las interesantes connotaciones de una invasión. Aunque cueste creerlo, esta es la versión que más se acerca al final de la novela escrita por Finney.


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