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Tren Fantasma del Parque Rodó
EL OSCURO MISTERIO DEL PARQUE

por Jorge Pinheiro y Alejandro Yamgotchian (diciembre, 2002)


El Amo del Calabozo: Albérico Prestes, cuidando que no se escape ningún bicho.





Ahí; como un juego solitario, tirado a un costado, con un enorme predio libre desde el que se pueden ver los distintos macacos electrónicos haciendo de las suyas, como desafiando los vendavales, al lado de una pista de autos a control remoto que ya fue y con una casa siniestra y como media perdida del otro lado, se erige el viejo y querido Tren Fantasma. En realidad no es un tren sino un castillo, al que se recorre en medio de la más absoluta oscuridad y con las más variadas sorpresas que surgen en medio de ruidos y lentos movimientos.

No sabemos qué fue lo que nos motivó a agarrar la bajadita aquel domingo pero lo cierto es que dicha atracción seduce a cualquiera. Es más lindo verla cuando no hay gente, dado que ahí es cuando más se nota su misterio, al mejor estilo de aquel macabro tren en el que se quedaban a pasar la noche las dos jóvenes parejas de Carnaval del terror (Tobe Hooper, 1981). Por supuesto que hay trenes más inofensivos como aquél en que se sube Audrey Tatou en Amèlie (Jean-Pierre Jeunet, 2001) y otros terminantemente salados, con gente metida adentro que te persigue y en el que uno debe ir caminando sigilosamente, como esos mismos donde Tinelli llegó a hacer sus cámaras ocultas y cuyo diseño se inspira, claro, en los de Estados Unidos.



Pero volvamos al nuestro, al único, al más grande y querido: el uruguayo (¡¡¡u-ru-gua-yo, u-ru-gua-yo, u-ru-gua-yo!!!). Aquella fría tarde los gritos de los más chiquitos se hacían sentir; llegaron en barra (como el chocolate), decididos a dar cuantas vueltas pudieran; los adultos que los cuidaban se hacían el plato. Algunos valientes, otros temerosos; todos se subían a los carritos. Una vez que el malón abandonó el juego comenzamos a acercarnos, grabadora y cámara en mano, contemplando los numerosos dibujos (ver fotos). Las bolsas empezaban a volar por el aire (¡hmmm...!), la soledad se hacía más intensa (¿cómo?), el viento nos tiraba arena en la cara (¿lo qué?) y cuando llegamos... "Flaco, para tomar el 199... ¿dónde hay que ir?" (¡¡¡u-ru-gua-yo, u-ru-gua-yo, u-ru-gua-yo!!!). Cuando llegamos, señores, nos encontramos frente a frente con... charáaaaaaaaaaaaan: Albérico Prestes (60), uno de los estoicos laburantes del Tren Fantasma, quien accedió a charlar un rato con nosotros.

 
 

Estos malones de gurises como el que acabamos de ver... ¿también se dan entre semana?

Y..., más que nada los domingos.

¿Y son todos niños los que vienen?

Mirá; en realidad vienen mitad y mitad, porque hay muchos adultos a los que les encanta el juego; hay muchas parejas que vienen, y no precisamente de jóvenes. Como que la gente mayor se divierte más que los botijas.

¿Se puede decir que tienen una clientela regular?

Uuuhhh... hay de todo y son un montón. Algunos pibes vienen y sacan el abono de cuatro y hasta seis vueltas de corrido, que te sirve porque tenés un descuento importante. En realidad son de los que más se venden. Podés incluso llegar a sacar el de doce. Hay muchos que lo hacen. Apenas bajan del carrito que ya se suben al otro y arrancan de nuevo, sin parar. Les encanta. El ticket sale 14 pesos, el de cuatro sale 40, el de seis 60, el de diez 100 y el de doce 120.

A pesar de la famosa crisis, y con todas estas franquicias, ¿se mueve el negocio del Tren?

Depende. Hemos tenido días trabajando cuatro horas de corrido, sin parar un solo minuto. Palizas como esas tenemos con frecuencia (risas), sobre todo los fines de semana, feriados, vacaciones escolares, y ni qué hablar durante el verano; de mediados de diciembre a mediados de marzo la cosa se mueve bastante.

¿Usted vive de esto?

Y... vamos tirando a como dé lugar. A mi me pagan 20 pesos la hora, se vendan o no se vendan tickecitos. Se llegó incluso a hablar de mudar el Tren, junto a los Autitos Chocadores, para el lado donde está el Mambo, porque la gente de Defensor Sporting quería este predio. Pero por ahora todo está muy quieto.

¿Cada cuanto se suele cambiar el diseño de afuera y el decorado interior?

Cada tres o cuatro años; básicamente se trae todo de Argentina. Es la misma empresa la que opera allá y acá.

Y todos estos dibujos... ¿quién los hace?

Un muchacho de acá, que se encarga de pintar los carritos, también importados de Buenos Aires.

Me imagino que un lugar tan oscuro y poco ventilado tiene su mantenimiento...

Por supuesto, siempre hay gente que limpia los carros, las figuras, los muñecos; por suerte las cosas no se rompen; sólo una vez cada tanto puede que pase algo, pero se arregla enseguida.

¿Cuáles son las cosas que más impresionan del juego?

Generalmente, las piedras esas gigantes que parece que te fueran a caer encima y también la bocina de ese tren que es como si te fuera a pasar por arriba.

¿Qué pasó con el esqueleto que estaba al final de la vuelta y que cuando salían los carritos tocaba la campana? ¿Se jubiló?

Ese ya no está más (risas).


¿Y con la tan comentada tela de araña, que a uno lo tocaba y no se sabía si era o no parte del juego?

Uuuhhh, la telita. Todavía está; incluso pusimos otra a la entrada.

Usted, que hace años que está trabajando acá, piensa que los chiches nuevos del Tren son mejores que los de antes.

Hmmm... no. Antes el juego tenía más emoción. Antes, por ejemplo, estaba aquel gorila gigante que asustaba un montón e incluso a aquella otra figura que parecía que te iba a dar un hachazo.

Otra cosa que me llama la atención es que, a diferencia de muchos juegos, siempre hay gente mayor atendiendo y no jóvenes uniformados y robotizados.

Lo que pasa es que hay casos, como la Rueda Gigante, donde hay mucha responsabilidad en juego, igual que acá, donde hubo muchos accidentes.

¿Y de qué tipo?

Una muchacha, de unos dieciocho años, que había venido sola, se asustó y se tiró del carro. Para peor en esa época no estaba la barra de seguridad que hay ahora en los carritos. Apenas se bajó de su carro venía otro atrás que se la llevó puesta. Por suerte, al caer, se lastimó sólo en una pierna. Podía haber pasado cualquier cosa.

La verdad que sí. Y más que los carritos ahora parecen ir mucho más rápido que antes. ¿Hubo algún otro caso parecido a este?

Cómo no... Hay uno del cual nunca me voy a olvidar. Ocurrió hace unos tres años. Un padre y su hijo suben al Tren. Cuando termina la vuelta el botija estaba nervioso. Y al costado veo al padre desmayado.

¿Qué?

Sí, desmayado. Los mayores son los que más se emocionan, principalmente la gente que viene del Interior, algunos que no sabían siquiera lo que era un tren fantasma y que quedaron impresionados. Para saber lo que hay tenés que entrar, y si nunca lo hiciste...

¿Tienen cobertura médica para los clientes?

No, no hay convenio con ninguna emergencia médica, pero hubo mucha gente que salió mareada o desmayada y que no podía caminar. Lo que hacemos ahí es tirarlas al pastito, por ejemplo, y enseguida llamamos a la Coronaria o al que sea para que venga a brindar asistencia. Ha pasado varias veces. Incluso con mucha gente que se golpea al sacar la mano o intenta pararse. La empresa no corre con los gastos, sino que es el propio cliente que lo hace.

Ya veo. Y en esta casa de al lado, ¿quien vive? ¿El encargado o los monstruos?

No, no (risas). Ese lugar nada tiene que ver con nosotros. Es un predio municipal.

Siempre pensé que ahí vivía gente que se conectaba al Tren Fantasma y se encargaba, de repente, de vigilar que no pasara nada adentro, sobre todo por un hecho que se dio hace ya más de quince años...

¿Y qué pasó?

Un miércoles de noche vine con un viejo amigo al Tren y se nos dio por entrar con pedregullo, para tirarle a los macacos. Hacía un frío de aquellos y no había un alma, creo, en todo el Parque. A los quince segundos de empezada la vuelta el carrito se paró y quedamos en el medio del juego y completamente a oscuras. De repente sentimos unos pasos, que luego desaparecieron. A los dos minutos el juego volvió a activarse, pero al finalizar la vuelta el que estaba trabajando nos dijo algo así: "Rájense porque ya llamamos a la policía". Y nos rajamos. Ahí pensé que en esa casa media misteriosa podía haber gente que vichaba con el fin de controlar que no pasara nada.

No, no. En realidad antes habían personas de particular que se quedaban adentro mismo del juego para cuidar y evitar desórdenes. Pero mirá que esa moda incluso se mantiene hasta ahora. Siempre aparece un vivo que tira piedras. Yo de acá no escucho nada, pero me doy cuenta porque tengo que andar sacando piedras, a cada rato, de los carritos.

No tienen vergüenza, ¿eh? (risas)

Sí. Y ni te imaginás la cantidad de gente subidita de copas que entra, sobre todo de madrugada. En general son jóvenes, pero de tarde siempre aparece algún adulto medio tomadito del almuerzo, que viene con la familia y entra igual con el hijo.


Por lo que me decís la jornada de trabajo en el Tren Fantasma es bastante larga. Si abren a media tarde y se van hasta altas horas de la noche...

Claro; hay veces que cerramos a las cuatro de la mañana, más que nada los sábados. Por lo general abrimos a las tres de la tarde.

Le agradecemos mucho la gentileza y el sentido del humor.

No, gracias a ustedes.


Y esto fue todo, estimados amigos. Parados a un costado de los rieles, entre carro y carro, gente que subía y bajaba, y ruidos de todo tipo estuvimos más de una hora con Don Albérico. Después nos metimos en el Tren, de nostálgicos nomás, para volver a ver al gordo enjaulado, la mujer del sarcófago (al mejor estilo Mario Bava), esqueletos que se te vienen encima, las ya mencionadas rocas gigantes, el vampiro, la anaconda, los bocinazos...; en fin, un verdadero clásico del Parque Rodó que, ojalá, no desaparezca nunca.



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