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A propósito de Amèlie, de Jean-Pierre Jeunet
PARADOJA Y CONTRADICCIÓN

por Flavio Lira (agosto, 2002)

Es imposible hacer una crítica del nuevo film de Jeunet, Amèlie. Más que nada por la reacción del propio espectador. Cuando uno lo está viendo se siente completamente perfecto. Es una película maravillosa, nos decimos a nosotros mismos. ¿Por qué es maravillosa? Porque nos hace sentir bien. O mejor dicho, nos hace pensar que el mundo es perfecto y que todo tiene solución. Que siempre habrá un ser humano que venga a ayudarnos y a lograr que todo esté mejor que antes. Así es la interpretación general (y por general quiero decir la interpretación en suma del público e incluso de los críticos). Sin embargo la felicidad, como tal la propone la película, es un placebo. Es falsa. He aquí por qué.

Amèlie es una película hecha a partir de la contradicción. Por un lado muestra un universo estético (y tal vez ético) imposible y una felicidad tan luminosa que ni siquiera puede encontrarse en los cuentos de hadas. No se trata aquí de repudiar un film que construye un universo ficticio, inexistente. Eso está perfecto. Muchas (buenas) comedias lo hacen, y su fin es mostrar que ese mundo nunca existió ni existirá, lo cual produce cierto dolor, porque una vez terminada la exhibición volveremos al mundo real que no es tan feliz ni maravilloso. El problema es que ese supuesto centro construido "solamente-para-la-película" está atravesado por pautas y datos que lo hacen ver real, en particular la del hombre "fantasma" que aparece en las fotos. Después de haber pasado la mayoría de la película haciéndonos "creer" que esa figura realmente no existe, Jeunet le da una explicación real. Por ende, su mundo supuestamente fantástico queda hecho trizas.

Esta contradicción se aplica también para las víctimas de las artimañas "pro-alegría" del personaje principal. Estos pobres seres quedan felices, pero solo por las mentiras que se han tragado. Una vez que descubran la verdad se sentirán aún peor. Es, para expresarla de una forma coloquial, vino al pavo. Se les da una felicidad que los deja embobados, pero esa sensación sólo los va a terminar aniquilando en un futuro cercano. Lo peor de todo esto es que la película postula que eso está bien. No importa que tanto la vecina infeliz como el padre de la protagonista hayan sido manipulados casi al extremo, porque ahora son felices y han cambiado su vida - aparentemente, esto quiere decir el film - para bien. No es que celebre el cinismo como ciertas películas de gangsters posmodernas, sino que la película lo ve como algo perfecto, asociado con la santidad. Que un film reivindique la manipulación, la mentira y la explotación como un acto de bondad es algo sumamente irresponsable.

Mucha gente puede despachar al film como una comedia, y por lo tanto, uno no debe pensar demasiado en el film y simplemente disfrutarlo. Esto es completamente erróneo. El placer que provoca una película nunca puede ser subvalorado, pero además el género de la comedia ha sido despreciado una y otra vez, cuando en sí es el género más valiente. Tomemos la comedia negra (aunque no sólo ese color de comedia), que está construida para burlarse del mismo elemento temático que le causa pavor y que está más alejado de la risa y la alegría (la muerte). Amèlie tiene momentos en los cuales uno piensa que es una comedia negra, más que nada en el prólogo del film. ¿Entonces, lo es? En absoluto, porque el film no tiene ni el más mínimo rigor, no se queda en un tono, sino que trata todos a la vez. Y lo peor, es que todos los tonos son fallidos. 

Ahora, ¿por qué la película es incapaz de exponer una idea sin contradecirse tan brutalmente?. La respuesta es muy clara: Amèlie es un film diseñado para que le guste a todo el mundo. Tiene un poco de humor negro, como también tiene de ternura, de impacto visual y de drama. No se trata de mezclar todo esto en una especie de "tuco", como los mejores films de Almodóvar, sino de ponerlo en partes, como si una junta de guionistas contratados por un productor ansioso de hacer un fatídico film "para las masas". Y aparentemente (lo que es muy desafortunado) funcionó. No sólo con el público, que en su mayoría la adoró (generalmente bajo la expresión de "un canto a la vida", desagradable tagline que adornó varias de las peores películas de los últimos años), sino también los críticos que la premiaron en todos los lugares posibles.

Creo que hay dos razones por las cuales la mayoría de la gente dedicada al análisis del cine enloqueció con esta película. Una es el hecho de que muchos de los individuos que deciden dedicarse a la crítica son sumamente francófilos y esto también está expuesto en Amèlie. La película vende una visión que a muchos les gustaría tener de Francia, y vive todo el film en un amague de "¡¡¡viva la France, Renoir, la chanson, los cafes y el camambert!!!". En sí, da la visión que los extranjeros (particularmente los norteamericanos) quieren tener del país en cuestión.


La otra razón es el increíble, casi abrumador impacto visual del film. Y esto no lo niegan ni siquiera los (pocos) detractores acérrimos del film. Sin embargo, festejar una película simplemente por su estética es algo que peca de superficial. No se puede dejar de negar que la manera de filmar de Jeunet es poco menos que soberbia, y es posiblemente una de las cosas por las cuales uno la pasa muy bien en el cine. Pero otra cosa es festejarla simplemente por sus colores. Lo más increíble es que durante la misma temporada en que Amèlie cosechaba elogios por todo el universo, otro film, con una estética similar, fue fuertemente repudiado por los críticos francófilos. Me estoy refiriendo a Moulin Rouge: Amor en rojo (Baz Luhrman, 2001). Sin ser una gran película, la película de Luhrman tenía una ética más clara y más noble. No niega el dolor ni la muerte, como tampoco niega la felicidad. Sin embargo, es un film más atacable; primero porque combina y celebra la cultura pop de todo un siglo; segundo porque si bien la norteamericana tiene momentos de cursilería y ridículos extremos, al igual que la francesa, es completamente consciente de ellos y los expone frontalmente, sin hacerlos pasar por algo que no son.



El mensaje de Amèlie, si es que tiene uno (y posiblemente lo tenga; toda película tiene una ideología), es sumamente perturbador y contradictorio. Pero al mismo tiempo, y tomando una postura puramente subjetiva (lo cual, aunque escondido, es inevitable en cualquier crítica), no se puede negar que uno la pase bastante bien en el cine. Es por eso que para quien esto escribe es francamente imposible dar una puntuación a esta cinta. Cada vez que se apunta a interpretarla de un ángulo, la película falla, y no de una manera interesante. Tal vez sea un nuevo tipo de película. Uno que desafía al crítico a ponerle un maldito puntaje.


AMÈLIE (Le faboloux destin du Amèlie Poulaine) - Alemania / Francia 2001. Dirección: Jean-Pierre Jeunet. Guión: Jean-Pierre Jeunet, Guillaume Laurant. Con: Audrey Tautou, Mathieu Kassovitz, Rufus, Tolande Moreau, Arthus de Penguern, Urban Cancellier, Dominique Pinon y la voz de Andre Dussolier. Duración: 105 minutos. Calificación: Apta para todo público. Editó: RBS Video


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