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CACHÉ


Título original
: Caché
País y año de producción: Alemania / Austria / Francia / Italia, 2005
Dirección: Michael Haneke
Guión: Michael Haneke
Con: Daniel Auteuil, Juliette Binoche, Maurice Bénichou, Annie Girardot, Bernard Le Coq
Duración: 117 minutos
Calificación: No determinada, a la fecha de estreno (en Argentina: No apta para menores de 13)
Género: Drama / Thriller
Sitio Web: http://www.sonyclassics.com/cache/



Reseña argumental: Georges, de profesión periodista, empieza a recibir videos, rodados a escondidas en la calle en los que se le ve con su familia, acompañados por extraños e inquietantes dibujos difíciles de interpretar. No sabe quién se los manda. Poco a poco, el contenido de los vídeos se hace más personal. Georges empieza a pensar que se trata de alguien que le conoce desde hace mucho tiempo. Siente que tanto él como su familia están amenazados. Por desgracia, dicha amenaza no es explícita y la policía rehúsa tomar cartas en el asunto.

El alemán Michael Haneke había dirigido Horas de terror (1997; estrenada directamente en video en Uruguay) y La profesora de piano (2001).




UNA SOCIEDAD EN LA LUPA Y BAJO AMENAZA

Una familia parisina comienza a recibir extraños dibujos y filmaciones en videocasetes que alguien les hace llegar al domicilio. Ninguno de sus integrantes sabe quién puede ser el autor de esas imágenes, donde figuran tomas de la casa y de ellos mismos en la calle. Mientras no haya pruebas de amenaza directa, la policía nada puede hacer.

Resultaba gracioso escuchar algunos comentarios de espectadores exigiendo irónicamente que les devolvieran la entrada o al menos que para la próxima película el pop y el refresco fueran de regalo. Y es que Caché (2005), del alemán Michael Haneke, puede ser riesgosa para aquellos que buscan algo de esparcimiento.

El título de la película hace alusión a la palabra "escondido". Y a medida que la misma se va desenvolviendo, el interés por saber quién es el que está mandando esas cintas y dibujos deja paso al por qué alguien puede llegar a hacer eso. La causa entonces viene por lo que está escondido pero en el propio núcleo familiar, en principio víctima inocente de una broma de mal gusto.

Puede resultar paradójico, en especial para aquellos que terminaron detestándola por su ritmo narrativo, pero en Caché hay que estar con las antenas bien paradas, mirando incluso detalles que aparecen fugazmente en pantalla y que le permiten a su realizador manifestar sus propias inquietudes, sutilmente volcadas, y que parten de críticas suyas hacia la globalización, la influencia (e imposición) de otras culturas, y hasta temas delicados como el colonialismo y el racismo entre Francia y Argelia, sin olvidar otros como los conflictos bélicos que se vienen dando en Oriente Medio.

El voyeurismo en algunos planos fijos parece hacer cómplice a un espectador que luego pasa a ser víctima de juegos momentáneos; la publicidad es incesante y hasta se cuela disimuladamente en la composición de las imágenes; una conversación trivial desvía la atención hacia un televisor. Estos son algunos de los condimentos paralelos con los que el director Haneke se despacha al margen de las propias historias de sus protagonistas, afectadas por hechos inesperados e impactantes, aparte de un pasado que se va haciendo cada vez más latente, amenazante, perturbador, y un presente que tampoco escapa (en este caso al adulterio) y que recae en el papel de la madre alterada.

Haneke llegó a reconocer el grado de manipulación que emplea en Caché aunque lo justificó por la utilidad de su fin, y el mismo se puede apreciar muy especialmente en la toma final, que desconcertó a unos cuantos pero que en realidad tiene que ver con cierto inconformismo respecto a esa burguesía que tanto le incomoda y que también se guarda lo suyo, del mismo modo que... la violencia, que suele criticársele en sus películas.

No por casualidad en uno de sus antecedentes, Horas de terror (1997), que aquí se estrenó directamente en video, una familia modelo, de vacaciones, era torturada física y psicológicamente por dos personas que bien podían ser un reflejo de la violencia que se ve diariamente en los medios... o que suele disfrutarse en la ficción: cerca del final alguien toma la cámara y le dice al espectador que lo que estuvo viendo en pantalla era tan solo una película, y hasta se da el lujo de retroceder la acción unos minutos para quizá poder cambiar el destino de las cosas y por ahí dejarlo contento. Es decir que esto puede tomarse como un acto de manipulación hacia el que está del otro lado de la pantalla pero con un fin bien claro: los "funny games" del título original (juegos divertidos) son una demostración de esa violencia cotidiana... de la vida real. De hecho hay una conversación en la película que tiende a emparentarla al mismo nivel que la de la ficción.

Haneke se maneja con esos costados siniestros de la mente humana y los hace chocar con fachadas muy pulcras pero sospechosas. Y la cosa es tan amplia, que no se salva nadie; el niño modelo de Horas de terror es brutalmente asesinado, mientras que el de Caché (con pósters de Matrix, Van Damme y Eminem en su cuarto) se convierte en un condenado involuntario. Los fragmentos en que se ve a este último en clases de natación pueden parecer una escena más; sin embargo la toma del final que se instala en el colegio hace pensar si Haneke ya no lo había hecho parte de esa cámara voyeur. La tortura psicológica se impone como un castigo que parece no tener fin.

La propia familia también mantiene típicas reuniones burguesas con amigos y a ninguno parece interesarle lo que pasa afuera; están como alienados y hasta causan cierto desagrado. Temas de interés social pueden quedar perfectamente relegados ante charlas superficiales o bromas triviales. El incidente que tiene el padre con un joven moreno en bicicleta hace que la esposa diluya un inminente acto de violencia, totalmente innecesario, pero el cruce en sí parece inevitable. No solo hay que estar atento a ese mundo donde uno está inmerso. También se convive con otras personas...

La compasión no existe, y sí la reacción, el odio y el no aceptar la culpa. Es raro que alguien sienta pena al ver al protagonista no aguantar más la presión y estallar en un llanto, cuando ese mismo terror que lo acosa termina aplicándolo al inestable hermanastro argelino, a modo de reacción ante la más mínima amenaza a su egocéntrico estilo de vida.

Caché es una película con varias capas. Su director registra, manipula (en el buen sentido), comunica, y se convierte en un personaje más. Su cine puede resultar arriesgado para el gran público, pero sigue siendo tan valioso como su polémica forma de dar a entender las cosas. Y esos juegos, a esta altura, se hacen extremadamente necesarios.

Alejandro Yamgotchian


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