BIOGRAFÍA ÉPICA EN FORMATO
HOLLYWOODENSE

En realidad, el título original del
filme es The Cinderella Man (o sea, “El
hombre cenicienta”), apodo que le
dio un cronista deportivo al boxeador Jim
Braddock luego de su triunfal (y sorprendente)
retorno al cuadrilátero cuando todo
el mundo lo consideraba acabado. La historia
es verídica y, para consolidar ese
tono de cuento de hadas, cabe señalar
que el hecho ocurrió en medio de
la gran depresión económico-financiera
de los Estados Unidos, por la década
del treinta, convirtiendo a Braddock -de
la noche a la mañana- en una especie
de símbolo viviente que representaba
a esos quince millones de desempleados peleando
por una segunda oportunidad en sus vidas.
El carácter icónico resulta
legítimo, por cierto. En la vida
real, el pugilista había alcanzado
una confortable existencia y se había
convertido en empresario de una flota de
taxis, lo que hablaba bien de su actitud
previsora. El “crack” del 29
junto a una serie de derrotas pugilísticas
sumieron al atleta y su familia en la ruina
(Braddock llegó a vivir de la caridad
pública y los trabajos zafrales que
conseguía en el puerto) hasta que
por una chance del destino (casi accidental,
en verdad) pudo retomar los guantes para
resucitar inesperadamente del anonimato
y la miseria.
Claro, era
un filón demasiado jugoso para que
Hollywood lo dejara escapar así nomás.
Tómese nota: Honrado irlandés,
buen padre de familia y amante esposo que
utiliza sus puños para abrirse camino
en una sociedad devaluada. No hay que olvidarse
de sus tres hijos adorables; una encantadora
mujer que lo ama tanto en la prosperidad
como en la pobreza, su simpático
manager (que en el fondo es una buena persona)
y, por supuesto, el campeón asesino,
un villano que será derrotado oportunamente
al final del filme. Pongamos todo esto en
la coctelera y agreguemos algunas palabras
que hablan -a pesar de todo- de la fe en
el progreso de los Estados Unidos de América,
un par de imágenes que contextualizan
el crudo invierno de los pobres y alguna
discreta secuencia sobre los enfrentamientos
entre la policía y los desempleados
como para que el filme pueda ser considerado
relativamente emblemático a nivel
social. No nos olvidemos de las peleas boxísticas
que darán el clímax adecuado
al relato -sobre todo en el desenlace- mientras
algunas frases altisonantes otorgan el correspondiente
barniz épico legendario a un largometraje
que, obviamente, también se juega
sus fichas al Tío Oscar.
En resumen, un producto típico que
apuesta al exitismo, cuyo relato (algo lento
y aburrido) no escapa a ninguna obviedad,
y termina esquematizando la peripecia de
un gran hombre como si se tratara de una
segunda parte del Rocky protagonizado por
Sylvester Stallone. Claro, el lustre que
hace pasar gato por liebre incluye al cotizado
Russell Crowe (un gran actor, sin duda);
la catapultadísima Renée Zellweger
(donde sí pueden caber dudas que
sea una gran actriz) y a Paul Giamatti (un
sensible rostro que se ha puesto de moda
a través de Esplendor americano
y Entre copas). También
cabe consignar (como toda producción
costosa que aspire a la estatuilla) una
cuidadosa reconstrucción epocal y
el pulso de un director que ya haya sido
bendecido por la Academia, como es el caso
de Ron Howard. El resto es despachar entradas
aunque el cine que importa vaya por otro
lado. En fin.
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