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El luchador, un pugilista que surgió de las cenizas
BIOGRAFÍA ÉPICA EN FORMATO HOLLYWOODENSE

por Gustavo Iribarne (setiembre, 2005)




En realidad, el título original del filme es The Cinderella Man (o sea, “El hombre cenicienta”), apodo que le dio un cronista deportivo al boxeador Jim Braddock luego de su triunfal (y sorprendente) retorno al cuadrilátero cuando todo el mundo lo consideraba acabado. La historia es verídica y, para consolidar ese tono de cuento de hadas, cabe señalar que el hecho ocurrió en medio de la gran depresión económico-financiera de los Estados Unidos, por la década del treinta, convirtiendo a Braddock -de la noche a la mañana- en una especie de símbolo viviente que representaba a esos quince millones de desempleados peleando por una segunda oportunidad en sus vidas. El carácter icónico resulta legítimo, por cierto. En la vida real, el pugilista había alcanzado una confortable existencia y se había convertido en empresario de una flota de taxis, lo que hablaba bien de su actitud previsora. El “crack” del 29 junto a una serie de derrotas pugilísticas sumieron al atleta y su familia en la ruina (Braddock llegó a vivir de la caridad pública y los trabajos zafrales que conseguía en el puerto) hasta que por una chance del destino (casi accidental, en verdad) pudo retomar los guantes para resucitar inesperadamente del anonimato y la miseria.

Claro, era un filón demasiado jugoso para que Hollywood lo dejara escapar así nomás. Tómese nota: Honrado irlandés, buen padre de familia y amante esposo que utiliza sus puños para abrirse camino en una sociedad devaluada. No hay que olvidarse de sus tres hijos adorables; una encantadora mujer que lo ama tanto en la prosperidad como en la pobreza, su simpático manager (que en el fondo es una buena persona) y, por supuesto, el campeón asesino, un villano que será derrotado oportunamente al final del filme. Pongamos todo esto en la coctelera y agreguemos algunas palabras que hablan -a pesar de todo- de la fe en el progreso de los Estados Unidos de América, un par de imágenes que contextualizan el crudo invierno de los pobres y alguna discreta secuencia sobre los enfrentamientos entre la policía y los desempleados como para que el filme pueda ser considerado relativamente emblemático a nivel social. No nos olvidemos de las peleas boxísticas que darán el clímax adecuado al relato -sobre todo en el desenlace- mientras algunas frases altisonantes otorgan el correspondiente barniz épico legendario a un largometraje que, obviamente, también se juega sus fichas al Tío Oscar.


En resumen, un producto típico que apuesta al exitismo, cuyo relato (algo lento y aburrido) no escapa a ninguna obviedad, y termina esquematizando la peripecia de un gran hombre como si se tratara de una segunda parte del Rocky protagonizado por Sylvester Stallone. Claro, el lustre que hace pasar gato por liebre incluye al cotizado Russell Crowe (un gran actor, sin duda); la catapultadísima Renée Zellweger (donde sí pueden caber dudas que sea una gran actriz) y a Paul Giamatti (un sensible rostro que se ha puesto de moda a través de Esplendor americano y Entre copas). También cabe consignar (como toda producción costosa que aspire a la estatuilla) una cuidadosa reconstrucción epocal y el pulso de un director que ya haya sido bendecido por la Academia, como es el caso de Ron Howard. El resto es despachar entradas aunque el cine que importa vaya por otro lado. En fin.

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