EVOCANDO MONDO

Este filme forma parte del miniciclo Mondo,
que integra el programa de Cine Morbo
organizado por la revista La mujer
de mi vida durante octubre en el
museo Malba.
Para aclarar el significado de las películas
Mondo, se puede afirmar que no alcanzan
a ser un desprendimiento de alguno de
los géneros que roza (una mezcla
de documental antropológico y terror,
éste último con sus variantes
gore y splatter). Se
lo podría definir como un Créase
o no de Ripley en versión
cinematográfica, con el acento
puesto en el sensacionalismo bizarro.
Todo comenzó con Perro
mundo (Mondo Cane, 1962), de
Gualterio Jacopetti, que fue un éxito
de taquilla y que asombró al público
con las extravagancias que exhibía
(en un caro y lujoso restaurante neoyorkino
se degustaban insectos). Después
hubo una larga serie de filmes que rivalizaban
en mostrar actos aberrantes y efectistas.
En La locura americana (This
is America, 1976) se nota que muchas de
sus secuencias no son registros documentales,
sino recreaciones que pueden partir de
escenas verídicas o imaginadas.
Tal es el caso de la señora glotona
que anhela devorarse una hamburguesa suculenta,
pero tiene conectadas sus uñas
con un aparato que transmite una corriente
eléctrica que le hace soltar esa
delicia. Se trata de una terapia nada
convencional dirigida por dos psiquiatras.
Este tramo, curiosamente, no provoca repulsión
sino hilaridad, ya que la misma protagonista
se ríe en el transcurso del tratamiento.
Las anécdotas que registra el filme
son innumerables: mujeres que luchan en
un ring cubierto de barro mezclado con
sustancias gelatinosas; la pasión
de los norteamericanos por las armas,
ya que incluso no dejan de practicar tiro
durante su luna de miel -obsesión
desarrollada por Michael Moore en Bowling
for Columbine (2002)-; los concursos
de belleza con modelos completamente desnudas;
las reuniones de señoras amenizadas
por musculosos strippers; el
afán por el tatuaje estrafalario
y en lugares impensables (la lengua, los
labios, el pene); el culto al automóvil
manifestado en competencias en las cuales
los conductores se embisten sin compasión;
salones donde se paga para alimentar el
masoquismo ya que allí la persona
es torturada, y la lista sigue. Claro,
han pasado treinta y dos años y
muchas de estas prácticas se han
incorporado a la cotidianeidad. En este
sentido podría interpretarse que
el cine Mondo preanuncia algo así
como lo que vendrá: la vida estará
cada vez más contaminada de chocantes
ridiculeces. De allí que plantea
una suerte de precognición sociológica.
Entre toda esta catarata de situaciones
insólitas, merecen destacarse cuatro.
Una porque al mostrar el afán obsesivo
por los gimnasios, aparece Arnold Schwarzenegger
en su juventud y entregado al fisiculturismo.
Otra ya es más patética
y amarga: como el bello Golden Gate de
San Francisco goza de la preferencia de
los suicidas, el puente es muy visitado
por aquellos curiosos que quieren disfrutar
de la morbosidad del espectáculo.
La tercera es un servicio religioso para
automovilistas (casi una copia del autocine),
en la que los peregrinos pueden ir en
malla, llevar su perro, comer pochocho
con gaseosas, o leer una revista pornográfica
mientras transcurre la ceremonia. Por
último, se expone una misa negra
donde se rinde culto al satanismo y los
sacerdotes se persignan en el nombre del
"Padre, del Hijo y de Satán"
alrededor de un féretro donde se
halla una hermosa joven con vida pero
totalmente desnuda. El narrador aclara
que el culto a Satán suele derivar
en prácticas sexuales macabras
que terminan en crímenes (no puede
menos que recordarse el caso de la actriz
Sharon Tate, de 1969, brutalmente asesinada
por la secta de Charles Manson).
Si bien no hay una estética elaborada
que respalde al cine Mondo, éste
puede verse como un muestrario de la irracionalidad
de la condición humana.