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El Código Da Vinci, de Ron Howard
LA MANIPULACIÓN COLECTIVA

por Isabel Cocorel (junio, 2006)




Libro y película de El código Da Vinci han resultado un éxito económico rotundo; ese parece ser el claro objetivo de estos, más que nunca bien denominados, productos. ¿Cuál es la receta para llamar la atención? Hacer afirmaciones escandalosas e involucrar a las obras y a los personajes más conocidos por todos para llegar al mayor número posible de personas. Por eso, desfilan nombres como el de Leonardo Da Vinci, Isaac Newton, Walt Disney; películas como La sirenita (John Musker, Ron Clements, 1989); obras de arte famosas como las más conocidas de Leonardo: La Mona Lisa, La última cena, La virgen de las rocas; la ópera de Wagner; cuentos tradicionales; lugares del mundo, sobre todo de Francia, de los que la mayoría escuchó hablar, aunque no haya viajado: El Louvre, la avenida de los Campos Elíseos; signos del zodíaco, las cartas del tarot. Todo el libro y en cierto modo la película, aunque un poco menos, porque está abocada más al thriller, es un collage de personajes y elementos atractivos que despiertan la curiosidad. La obra es una especie de juego, un largo acertijo de casi seiscientas páginas. Un best seller que puede ser el canal para hacer millonario a su autor. Ejemplos como los de J. K. Rowling son muy atractivos como para no seguirlos. Ello de alguna manera estaría justificado, porque según se ha dicho y lo repite Dan Brown, La Biblia es el mayor best seller de la historia.

El escándalo buscado lo consigue afirmando que el Cristianismo es un invento de un empresario (el emperador romano Constantino, el grande). Además, durante todo el libro se denuncia al Opus Dei y a la Iglesia Católica, y al final parece que no son tan culpables de los diversos crímenes que se cometieron, sino que fueron obra de algunos descarriados, como si no se atreviera a mantener lo que ha venido sosteniendo. Pero cuando se llega a las páginas finales ya no se puede borrar la impresión que deja el resto del libro, de que son los malos "de la película". Todo queda un poco en la nebulosa hacia el final y el lector, así como el espectador, se queda con una sensación extraña.

El libro tiene un atractivo y es el del juego del acertijo, de la simbología, de descubrir los mensajes ocultos. Sean cuales sean, al hombre le gusta investigar, descubrir cosas nuevas. Se descifran criptex, códigos numéricos, juegos de palabras, textos escritos al revés, se hace una especie de búsqueda del tesoro. Lo más tentador es el dejarse llevar por el tejido de relaciones que se establecen; al parecer todo está conectado: el arte, la literatura, la arquitectura, el cine, los libros infantiles. Y uno piensa que así todo cobra sentido. Walt Disney se habría dedicado a transmitir la historia del Santo Grial a través de sus versiones de cuentos como La Cenicienta, La Bella Durmiente o Blancanieves, donde se trata el tema de la encarcelación de la divinidad femenina. Cada vez que hemos pensado al mundo como una red de conexiones, nos hemos sentido menos solos. Lo que sucede acá es que para crear esa red, se hacen afirmaciones difíciles de comprobar o erróneas y se atenta contra una religión, el Cristianismo, aunque se nombre al pasar a otras, dando a entender que en todas hay secretos.

Otro elemento que resulta atractivo, al menos para el público femenino, es que con esta historia se pretende defender la figura de la mujer y explicar su lugar desventajoso en la sociedad. Para ello se eleva a un sitial de privilegio a María Magdalena, pero se desplaza casi totalmente la figura de la Virgen María. Se la menciona más que nada al comienzo para dar una nueva interpretación de la pintura de Leonardo Da Vinci, La virgen de las rocas, y luego se la omite, prácticamente.


Magdalena habría sido esposa de Jesús y dejarían descendencia. El sexo es fundamental aquí y está prácticamente divinizado. El orgasmo es como una religión; a través de él se puede llegar a Dios. Es una idea "interesante" que elimina las culpas y justifica las orgías. "Desde los días de Isis (la diosa egipcia de lo erótico), los ritos sexuales se consideraban los únicos puentes que tenía el hombre para dejar la tierra y alcanzar el cielo", se afirma en el libro.

La obra parece trazar una línea desde el Antiguo Testamento hasta nuestros días, descartando el Nuevo Testamento y encontrando en la Estrella de David, la auténtica unión entre lo femenino y lo masculino. Debido a la forma de la estrella constituida por dos triángulos, encuentra la representación de los géneros. Se trataría del "falo esquemático" y "el cáliz". Toda esta interpretación sexual, lleva a pensar si Freud no podría haber escrito una nueva Biblia.

La tentación de investigar qué datos históricos son reales y cuáles son de invención necesaria para que cuadren en la obra pierde un poco el sentido, al comprobar que el verdadero propósito es escribir algo que resulte escandaloso para que venda. De modo que es difícil tomarlo con total seriedad.

En la película se hace recién al final de los créditos, luego que todo el mundo se ha ido de la sala, la clásica advertencia de que todo es ficción y las similitudes con los hechos reales son pura coincidencia. En el libro, el autor declara que ha investigado y cita un grupito de hechos que serían verdaderos. Sin embargo en ambas obras, y más en el libro, todo el desarrollo apunta a presentar cada afirmación como una verdad desentrañada del corazón de los símbolos, a raíz de haber logrado la interpretación correcta.

Lo más censurable es que se escriba con apariencia de estudio de investigación una colección de ganchos para atraer lectores y millones de dólares. Que se reúna un sinnúmero de disparates y se suelten en forma masiva al mundo. Se puede decir que es válida la intención del autor de entretener y que además lo logra, pero el contenido está planteado con ambigüedad. Todo aparece como real, pero es tan exagerado y los símbolos están en lugares tan convenientemente a la vista de todos, que le quita seriedad y se convierte en una especie de engaño colectivo. Más allá de cierta consecuencia atendible de sembrar la idea de una necesidad de reflexión sobre el modo en que operan las religiones y sobre las creencias de la humanidad. Pero ésta, al parecer, con excepción de algunos iluminados, es una ignorante y se ha tragado todos los anzuelos. Quizás no esté tan errado, porque millones de personas hemos leído su libro o visto la película, a pesar de que se nos había adelantado cómo venía el asunto, pero la curiosidad pudo más.

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