SEGUNDAS TRILOGÍAS
NUNCA FUERON BUENAS
diegofaraone@hotmail.com
Decir que esta tercer
entrega de la nueva trilogía de Star
Wars es mejor a las dos anteriores no constituye
en sí ningún halago, si se
tiene en cuenta el poco atractivo que presentaban
los dos primeros episodios. Las comparaciones
que en su momento se hicieron de estas películas
con las de la primera trilogía conducían
irremediablemente a la nostalgia y al odioso
lugar de que "todo tiempo pasado fue
mejor", tan frecuente para la crítica
especializada.
La confrontación con la anterior
trilogía no tiene demasiado sentido
si se considera hasta qué punto ha
cambiado la sensibilidad del público
en estos últimos 25 años.
En aquel Episodio IV, cuando el joven Luke
se adentraba en ese tugurio atiborrado de
monstruos intergalácticos en Tatooine,
uno no podía reprimir su pánico
ante un ambiente tan poco acogedor. O en
El regreso del Jedi, que
la presencia del gran Jabba the Hutt enmudecía
y asqueaba a media platea, o el vértigo
real que por entonces producía navegar
en los X-Wing o en el Halcón Milenario,
dentro de aquellas nunca antes vistas batallas
espaciales. Hoy prácticamente ya
no hay efecto visual que logre sorprendernos
como en aquel momento, ni monstruo que nos
cause semejante rechazo. La iconografía
del universo "Star Wars" puede
reproducirse en todas direcciones y tamaños,
que nunca producirá la fascinación
y el apego incondicional que provocaba en
los primeros ochenta.
Pero si bien la nueva trilogía no
podía competir en estos aspectos
con la vieja, sí se podía
intentar compensar con guiones inteligentes
y con una dirección astuta las carencias
que los efectos visuales no iban a poder
superar. Pero George Lucas utilizó
la misma estrategia de hace 25 años,
en lugar de adaptarse a los nuevos tiempos;
puso una vez más todo su arsenal
al servicio de los efectos especiales, hoy
mayoritariamente digitales, con resultados
poco convincentes. Es sabido lo efímeros
que resultan ser los últimos adelantos
tecnológicos, en lo que concierne
a efectos visuales. Luego de cinco o diez
años una película muy jugada
a lo digital mueve a la risa, y es lo que
probablemente vaya a suceder con la serie
de Matrix o con estas Star Wars, que apenas
llaman la atención a nivel visual
en el momento de su estreno.
La venganza de los Sith
evita los peores horrores de los primeros
dos episodios; en La amenaza fantasma
un insufrible Jar-Jar Binks, una suerte
de primo oligofrénico de Tribilín,
hac'a un patético despliegue de su
torpeza a lo largo de casi media película.
Pocos personajes paridos por la pantalla
grande han suscitado tanto odio como semejante
adefesio, que a la larga terminaba por arruinar
un primer episodio que sin embargo tenía
sus aciertos. En El ataque de los
Clones los excesos de azúcar
provocaron el empalagamiento masivo. Hubo
quienes deseaban que la censura hubiese
mutilado al menos veinte minutos de romance
barato entre Anakin y Padme, dignos del
peor culebrón venezolano.
Por suerte, nada de esto ocurría
en La venganza de los Sith.
Este tercer episodio está dotado
de un buen ritmo cinematográfico,
ya que mantiene la tensión y el nervio
durante todo el metraje. En esta película
inesperadamente violenta y deliberadamente
oscura, la gravedad de lo que se sabe inevitable
y asimismo terrible pesa sustancialmente
sobre el espectador obligándolo a
mantenerse espectante, como debe ser. No
hay lugar para infantilismos ni para franeleos
cuando el Lado Oscuro amenaza con dominarlo
todo.
Pero a pesar de tener sus puntos a favor,
el Episodio III pisa varias
veces el palito. Al mal guión se
le debe sumar una pésima dirección
de actores, un puñado de situaciones
que atentan contra la coherencia interna
de la historia y una mala realización
en general. Si la comparación con
la vieja trilogía es anacrónica,
ésta bien puede ser comparada con
la trilogía de El señor de
los anillos, un verdadero prodigio de ritmo
narrativo, así como de dirección
y de correcta utilización de los
efectos especiales. Cualquiera de las películas
de la trilogía de Peter Jackson supera
con creces a la mejor de la de George Lucas,
o sea, a esta última. Entre Jackson
y Lucas existe una diferencia abismal. Uno
es un autor, el otro un artesano mediocre.
Ambos comparten el mismo defecto: su solemnidad,
pero en el caso de Jackson está un
poco más justificada.
Por último, hubo quienes celebraron
que Yoda hiciera una exposición de
sus habilidades con el sable láser
en el Episodio II, y probablemente lo celebren
también ahora, pero es bueno recalcar
que parte de la mística que emanaba
de aquel personaje en la vieja trilogía
se basaba precisamente en lo llamativo que
resultaba que un maestro Jedi tuviese esas
características. ¿Cómo
era posible que semejante pigmeo pudiera
tener tanto poder y dominio sobre la Fuerza?
Que esta incógnita quedara en el
aire otorgaba a Yoda un status que hoy,
al plantarle una espada láser y hacerlo
girar como un trompo, se ha perdido. Lo
que debía quedar sugerido se vuelve
explícito, rayando en lo pornográfico,
y esto habla mal de las intenciones de Lucas,
o sea, de esa inclinación a volverlo
todo visible una vez que los últimos
avances en los efectos especiales lo permiten.
Y créase o no, es ciertamente más
verosímil el Yoda marioneta de la
vieja trilogía que el nuevo Yoda
digital. Ni siquiera los efectos especiales
parecen estar bien cuidados en La
venganza de los Sith, basta comparar
a este nuevo Yoda con Gollum de El señor
de los anillos o con Dobby, el elfo doméstico
de Harry Potter, ambos personajes mucho
mejor animados y dotados de una personalidad
y una densidad emocional que no muchos actores
de piel y hueso logran.
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