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A propósito de Las invasiones bárbaras
UNA LUPA CANADIENSE TRAS LA INVASIÓN AL IMPERIO AMERICANO

por Rainer Tuñón (desde Panamá) - Setiembre, 2004






El declive del imperio americano se acentúa en este año de Las invasiones bárbaras, al menos para Dennys Arcand y el equipo de actores que tomaron unas vacaciones de 17 años con el propósito de entregarle a una audiencia más sensitiva una perspectiva sardónica, algunas atávicas realidades en contra del Tío Sam y sus infelices quehaceres puritanos.

Cuando Arcand, genial director canadiense de pequeña pero importante filmografía, que incluye Jesús de Montreal, vistió a sus compinches con túnicas de críticas incisivas sobre las bondades y desventuras de la guerra fría o la desfachatez de los nuevos imperios, aún existía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el muro de Berlín y las Torres Gemelas; sin embargo ahora, luego de sangre, fuego y aviones en el corazón del coloso del norte, y meros ataques posteriores a la barbarie, Rémy (Rémy Girard), un profesor divorciado, cincuenta y picón, que está hospitalizado con la muerte soplándole los oídos, recalca que definitivamente “entramos en una época de barbarie”.



Si bien Arcand en su trabajo de 1986, El declive del imperio americano / La decadencia del imperio americano, analizaba rasgos de una sociedad anclada en el consumismo, el poder y el dinero, cuya reflexión era la agonía de un estado fracasado en todos menos en el dólar, ahora a través del mismo protagonista, pero a unos pasos de las verjas de hierro de San Pedro, concluye que el imperio americano ya reina de forma absolutista en todo el mundo y tendrá que rechazar los constantes ataques de los bárbaros.

Así, el 11 de septiembre de 2001, por ejemplo, fue el primero de esos ataques que consiguió tocar el corazón del imperio, pero vaticina el enfermo terminal que “habrá otros”. Afortunadamente en ambos escenarios cinematográficos el sexo y el humor cínico eran la llave digestiva ante tanto parlamento feroz. Otro referente de estas invasiones bárbaras de las que Rémy necea es el acaparamiento del mercado de las drogas canadienses – tan necesarias para aliviar el extremo dolor - por parte de elementos foráneos.

De hecho, Las invasiones bárbaras, el estreno más interesante de esta semana en las salas de cine panameñas es uno de esos raros ejemplares que sufren del mal del fracaso de taquilla, enfermedad que padece cada vez que de estos extraños títulos que son opacados por cada Alien vs. Depredador o Anacondas que aparezcan entre fines de semana y que para colmo de males encuentran un público convencido de que ese cine enriquece el intelecto y alimenta el espíritu.

En esta película canadiense, es la ex esposa de Rémy quien inicia la aventura luego de que llama a Sébastien (Stéphan Rousseau), el primogénito que se entregó al arrasador capitalismo, que decide regresar a Montreal para complacer a su madre y atender a su no muy ponderado padre.

El mugroso dólar que tanto cuestiona Rémy es precisamente la herramienta que le permite a su hijo hacerle llevadero el final de sus días, para lo cual organiza un reencuentro con aquel solemne grupo de cínicos intelectualotes - amigos, familia y ex amantes - para pasar conmemorar inolvidables momentos de tertulia sobre sexo y decadencia.


El resultado es un cóctel explosivo de reencuentro entre padres, hijos, amigos y amigas, amantes y una sociedad putrefacta, pero no caduca.


LA LUPA DE ARCAND


Las invasiones bárbaras




El cine de Denys Arcand tiene dos temas recurrentes, pero muy importantes: la historia de las sociedades y los niveles sociales de cada personaje que recalca en sus historias.

Antes, Arcand había realizado dos documentales, On est au cotton (1979), sobre la situación de los obreros que trabajan en la industria textil en Canadá (censurada durante seis años suscitando una enorme controversia en ese país) y Québec, Duplessis et après, que describe las secuelas políticas después del reinado del primer ministro Maurice Duplessis.

El realizador ha filmado La maudite galette (1971), Réjeanne Padovani (1973), Gina, le confort et l’indifférence (1981), y Le crime d’Ovide (1984), basada en una novela de Roger Lemelin.

La crítica internacional lo reconoció como uno de los mejores realizadores del mundo gracias a El declive del imperio americano, de 1986, la primera película rodada en Quebec que sería récord de taquilla tanto en su país de origen como en otros mercados.

Su logro posterior lo hizo al filmar Jesús de Montreal, seleccionada para competir en Cannes, donde ganó el Premio del Jurado, además de ser nominada al Oscar.



Luego, hacia 1991, realiza el segment “Vue d'ailleurs”, para el Montreal Sextet; en 1993 también dirige una de las entregas de Montreal vu par...; hacia 1995 dirige su primer largometraje rodado en inglés, La verdadera naturaleza del amor, adaptación de una obra de Brad Fraser y un año más tarde dirige Joyeux calvaire, un telefilm acerca de los sin techo, premiado con tres Géminis, Mejor Obra Dramática, Mejor Guión y Mejor Director, entregados por la Academia Canadiense de Cine y Televisión.

Para el año 2000, Arcand rueda Stardom, acerca de la obsesión por el estrellato y la explotación que implica. El filme fue escogido para clausurar el Festival de Cannes y seleccionado para los festivales de Londres, Toronto y Vancouver.

Su último trabajo, que continúa en los Cines Extreme Planets y en los Cinemark, Las invasiones bárbaras, es puro arte fílmico, ganador del Oscar al Mejor Filme de habla no inglesa y triunfador absoluto en los premios César y Cannes en Francia.



Las Invasiones Bárbaras

Por: Denys Arcand. Mayo de 2003

Escribí el guión en estos dos últimos años. Hace tiempo que el tema me persigue, pero nunca había conseguido darle una forma que me convenciera. Siempre acababa con guiones lúgubres y deprimentes hasta que se me ocurrió usar los personajes de El declive del imperio americano. Su humor, su cinismo y su inteligencia me permitían abordar el tema con una ligereza que me gustaba.

Además, todos los intérpretes estaban disponibles y todos tenían ganas de participar en una nueva aventura. Pero el tiempo no pasa en balde, el tono se hizo más grave; los plazos, más apremiantes. Había llegado la hora de hacer balance.

Rémy está convencido de que entramos en una época de barbarie. Cree que la cultura occidental, la que nació con Dante y Montaigne, está a punto de desaparecer. Le parece muy importante conservar los manuscritos, como en la Edad Media. Y ése será el papel de Natalie, la heredera de su biblioteca.

El imperio americano ya reina de forma absolutista en todo el mundo y tendrá que rechazar los constantes ataques de los bárbaros. El 11 de septiembre fue el primero que consiguió tocar el corazón del imperio, pero habrá otros.

Cada vez me siento más alejado de la sociedad que me rodea. Supongo que es la señal más común de que uno envejece. La constante aceleración y los alaridos mediáticos me hartan. Las películas hechas por ordenadores no me interesan mucho, me gustan los diálogos y los actores.

Creo que los países están en vía de extinción. Las futuras generaciones no conocerán las fronteras. El hijo de Rémy ya ha llegado a ese punto. Habrá ciudadanos estadounidenses y los otros. Visto desde Washington, que uno sea francés, búlgaro o japonés es lo mismo, son todos unos bárbaros”.

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